Otro punto clave es que el “olor a viejo” no siempre se percibe en el propio cuerpo. Muchas veces son los demás quienes lo notan primero. Esto ocurre porque el cerebro se acostumbra a los aromas propios y deja de registrarlos con claridad. Es similar a cuando entras a una casa con olor fuerte y, al rato, ya no lo sientes.
La alimentación juega un papel más importante de lo que parece. Dietas ricas en grasas saturadas, alimentos ultraprocesados y azúcares pueden favorecer la oxidación de la piel. En cambio, consumir frutas, verduras, alimentos ricos en antioxidantes y grasas saludables ayuda a mantener una piel más equilibrada y con menos tendencia a producir ese aroma característico.
La hidratación también marca la diferencia. Beber poca agua hace que la piel se vuelva más seca y vulnerable a la oxidación. Una piel bien hidratada, tanto por dentro como por fuera, suele envejecer mejor y producir menos compuestos olorosos.
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