Lo primero que la gente nota es que deja de sentirse “vacía” tan rápido después de comer. Después, el día deja de venirse abajo con esa neblina mental que te roba el hilo de la conversación o te hace abrir el refrigerador sin saber por qué.
No es magia de anuncio barato: es una fruta empujando a tu cuerpo a dejar de ahogarse en su propio desorden.
Donde la glucosa golpea más fuerte

En muchas personas, el problema no empieza en el azúcar del café; empieza en el hígado y en el páncreas, esos dos trabajadores explotados que llevan años apagando incendios. Cuando el sistema se satura, el cuerpo responde con más hambre, más antojo y más cansancio, como una casa con el cableado viejo que chispea cada vez que prendes otro foco.