A sus 62 años, Doña Alicia sentía que el peso de los años comenzaba a reflejarse en sus exámenes médicos. En su última revisión, el doctor le advirtió que su **presión arterial estaba elevada** y que sus niveles de colesterol comenzaban a obstruir la ligereza de su circulación. Además, con los cambios bruscos de temperatura, Alicia solía padecer de una **irritación de garganta crónica** y encías inflamadas que le molestaban al comer. Sentía que su cuerpo estaba perdiendo su frescura interna y buscaba un remedio noble que limpiara sus conductos y apagara la inflamación.
Un día, mientras visitaba el huerto de una vieja amiga, vio un árbol de ramas finas cargado de unos frutos grandes, de cáscara dura y rojiza, rematados por una hermosa forma de corona. Era la **Granada** (*Punica granatum*). Su amiga tomó una, la partió a la mitad revelando cientos de jugosas semillas rojas que parecían piedras preciosas, y le dijo: *”Alicia, esta fruta es una bendición para la sangre. Los antiguos la llamaban la medicina del corazón; sus granos limpian las arterias y su cáscara quita cualquier fuego de la boca”*. Alicia investigó y descubrió que, en la etnobotánica tradicional, la granada es uno de los **antioxidantes más potentes del planeta**, rica en polifenoles, valorada por sus propiedades **cardioprotectoras, antiinflamatorias y fuertemente astringentes**.