La piel no se arruga por capricho: se ahoga en óxido
Piensa en la cara como una tela fina que lleva años colgada al sol y al polvo. Cada día recibe un raspón mínimo: contaminación, maquillaje, estrés, comida chatarra, desvelo, sol sin defensa.
Eso genera radicales libres, que son como chispas sueltas quemando fibras por dentro. Ahí es donde el laurel mete sus escobas moleculares: compuestos vegetales que barren residuos oxidativos antes de que sigan mordiendo colágeno y elastina.

Lo primero que mucha gente nota es que la piel deja de verse tan “apagada”. No es un cambio de película, es más bien como abrir una ventana en un cuarto encerrado: entra aire, cambia la luz y el rostro deja de parecer exhausto.