Entonces llega esa escena que muchas conocen bien. Te acercas al espejo antes de salir, te aplicas un poco de base y, por primera vez en mucho tiempo, no sientes que estás tapando un derrumbe; sientes que estás puliendo algo que ya empezó a cooperar.
Y por eso nadie te lo dijo. No porque no funcione — porque no deja dinero. La verdad más fea de la belleza es que lo más barato suele ser lo que menos sale en pantalla.
El segundo golpe: cuando la piel deja de pedir auxilio
