Por eso tanta gente siente que oye, pero no entiende. Oye palabras, sí, pero se le escapan las sílabas como agua entre los dedos.
Y mientras tú lo atribuyes a la edad, a la fatiga o a “andar distraído”, el sistema sigue acumulando cerumen endurecido, irritación, resequedad y presión interna como si el oído fuera una tubería olvidada detrás de la pared.
La industria del bienestar de miles de millones apenas lo susurra. Porque no hay patente escondida dentro de algo que puedes conseguir en la farmacia de la esquina o en el patio de una casa.
