Y cuando el estómago deja de pelearse con cada bocado, pasa algo interesante: la mañana ya no empieza con esa sensación de ladrillo en el vientre. Empieza con más espacio, menos presión y menos ganas de andar soltando eructos como si el cuerpo protestara por todo.
Donde muchos hombres lo sienten primero es en la pesadez que arrastran desde temprano. Se levantan con el pecho apretado, el abdomen duro y la cara de quien durmió, pero no descansó. Con esta mezcla, lo que cambia no es solo el aliento: cambia la manera en que el cuerpo arranca, como si por fin encendiera sin ahogarse.
Las mujeres, en cambio, suelen notar otra cosa: menos sensación de inflamación traicionera, menos vientre abultado al final del día y menos esa incomodidad que hace que la ropa apriete sin razón aparente. Es como cuando aflojas un cinturón que llevaba horas clavándose; de pronto el cuerpo deja de pelear contra sí mismo.
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