👉"El Día Que el Mundo Perdió su Centro"

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Aparece cuando recibes una buena noticia y lo primero que hace tu corazón es buscar su número en el teléfono.

 

Y entonces recuerdas. Y la buena noticia de repente pesa como piedra.

 

Aparece cuando estás enfermo, cualquier enfermedad, la más pequeña, y lo único que quieres en el mundo es que alguien te toque la frente con la palma de la mano como ella lo hacía. Y entiendes, con una claridad brutal, que ese gesto tan simple ya no existe en tu mundo.

 

Nadie más te tocará la frente así. Nadie.

 

Lo que más duele no es lo grande. Lo grande uno aprende, con el tiempo, a cargarlo. Lo que destruye lentamente son las pequeñeces.

 

Duele no poder contarle que conseguiste el trabajo que tanto querías.

 

Duele que ella no haya conocido a la persona que amas.

 

Duele que no vaya a estar cuando llegue ese hijo tuyo que todavía no has tenido, ese nieto que ella habría amado de una manera que nadie más en el mundo podría amar.

 

Duele que la última conversación que tuvieron haya sido una conversación normal, sin saber que era la última.

 

Que tal vez hubo un día en que te despediste sin saber que te estabas despidiendo para siempre, y que probablemente ni siquiera la miraste a los ojos cuando lo hiciste.

 

Eso. Eso no tiene cura.

Hay una soledad particular que solo existe en los hijos sin madre. No es la soledad de estar solo en una habitación.

 

Es la soledad de estar rodeado de gente y de repente sentir que hay un vacío en el centro del universo que nadie puede llenar.

 

Porque la madre no era solo una persona.

Era una orientación.

Era el norte al que siempre podías volver cuando te perdías.

Era la voz que sabía exactamente qué decirte cuando el mundo te aplastaba.

Era el único ser humano sobre la tierra que te conocía desde antes de que tú te conocieras a ti mismo.

 

Que te vio llegar.

Que te vio dar tus primeros pasos.

Que conocía tus miedos más antiguos, los que tienes desde niño, los que jamás le has contado a nadie.

 

Y ahora esa persona ya no está. Y hay preguntas tuyas que van a quedar sin respuesta para siempre.

 

Preguntas sobre ti mismo, sobre tu historia, sobre quién eras cuando eras pequeño, que solo ella podía responder y que ahora se fueron con ella.

 

Te quedaste sin el único testigo completo de tu vida.

Lo que nadie entiende del duelo por una madre es que no termina.

 

Cambia, sí. Se transforma. Aprende a vivir contigo en lugar de aplastarte. Pero no termina.

 

Cinco años después sigues viendo algo gracioso y pensando "tengo que contárselo a mamá".

 

Diez años después sigues soñando que ella está viva y despertarte sigue siendo un golpe.

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