Está en tu voz cuando consolidas a alguien, porque sin saberlo usas el tono que ella usaba contigo.
Está en tu sentido del humor, en tus manos, en la manera en que dices ciertas palabras.
Ella no se fue del todo. Se convirtió en todo lo que eres.
Y quizás eso es lo más sabio que se puede decir sobre este dolor que no tiene nombre:
Que la perdiste.
Que duele como no duele nada en el mundo.
Que ese dolor es la prueba más grande del amor que vivieron.
Que nadie puede quitarte lo que viviste con ella, ni los años, ni la distancia, ni la muerte misma.
Que sigues siendo su hijo. Hoy. Mañana. Siempre.
Y que donde quiera que estés, hay una parte de ella que camina contigo.
Que nunca te soltó.
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