Y no, no es culpa tuya. A la piel le pasan factura el sol, el estrés, el sueño roto y el paso de los años, mientras el sistema te vende soluciones rápidas que tapan la superficie pero no apagan el fuego interno.
Lo que el laurel despierta no es una promesa bonita: es una mecánica de fondo que ayuda a que la piel deje de vivir a la defensiva.

Piénsalo así: tu rostro se parece a un filtro de campana de cocina lleno de grasa de años. Si sigues echándole humo encima, solo se tapa más. Pero cuando metes una planta cargada de compuestos como polifenoles, flavonoides y eugenol, empiezas a mover la mugre interna que apaga la piel desde adentro.
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