Chรญa, ajonjolรญ y semillas de calabaza. Esas tres semillas, metidas en algo tan simple como tu desayuno, encienden un mecanismo que tus ojos traen apagado desde hace aรฑos: menos resequedad, menos deslumbramiento nocturno y menos esa sensaciรณn de leer con los pรกrpados pesados.
No estamos hablando de magia ni de un truco de feria. Estamos hablando de darle a tu vista lo que le falta cuando el cristalino se vuelve terco, la retina se queda corta de combustible y la superficie del ojo empieza a sentirse como vidrio raspado.
Y sรญ, eso explica por quรฉ las letras del celular se corren, por quรฉ las luces de los coches te pegan directo en la cara y por quรฉ terminas frunciendo el ceรฑo para ver la etiqueta de una medicina en la farmacia de la esquina.
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