Un hombre entra a la sala, alguien le habla desde el otro lado del comedor, y por primera vez en mucho tiempo no tiene que pedir que repitan todo. No se siente “curado”; se siente destrabado.
Eso pasa cuando el canal deja de estar cargado de residuos y la señal vuelve a correr sin tanto tropiezo. Como cuando destapas una manguera doblada y de pronto el chorro sale con fuerza, limpio, parejo.
La diferencia se nota en los momentos pequeños: la conversación en el coche, la llamada de la hija, la conversación con el doctor de cabecera sin estar adivinando cada frase.
Y ojo: cuando el oído está menos irritado, también baja esa sensación de presión, de eco raro, de “traigo algo atorado”.
Por qué las mujeres lo notan de otra manera
