Conclusión
Nuestra dieta diaria es una de las herramientas más poderosas y accesibles para la prevención del cáncer. Ninguno de estos alimentos debe eliminarse por completo, pero su consumo regular y excesivo constituye un factor de riesgo bien documentado.
Reducir los alimentos fritos, limitar las carnes procesadas, sustituir las harinas blancas por sus equivalentes integrales, elegir productos frescos en lugar de enlatados, moderar el consumo de alcohol: estos ajustes graduales, integrados en un estilo de vida saludable en general, pueden marcar una diferencia considerable a largo plazo.
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