Cuando ingerimos azúcar, especialmente en presentaciones refinadas como la sacarosa o el jarabe de maíz alto en fructosa, el sistema digestivo la descompone en glucosa. Esta glucosa pasa rápidamente al torrente sanguíneo, elevando sus niveles. Como respuesta, el páncreas libera insulina, una hormona que facilita que las células utilicen esa glucosa como fuente de energía.
El problema surge cuando estos aumentos de glucosa e insulina se repiten con frecuencia debido al consumo elevado de azúcares añadidos. Con el tiempo, las células pueden volverse menos sensibles a la insulina, lo que obliga al páncreas a producir cada vez más de esta hormona para regular la glucosa en sangre. Este proceso, conocido como resistencia a la insulina, puede favorecer el desarrollo de diabetes tipo 2.
El hígado también tiene un papel importante en el manejo del azúcar, sobre todo cuando se trata de fructosa. Cuando se consume en grandes cantidades, el hígado puede transformar parte de esa fructosa en grasa, lo que contribuye al desarrollo de hígado graso no alcohólico, una condición metabólica que se observa cada vez con mayor frecuencia.
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